1. Desarmar la Historia.
Memoria histórica, responsabilidad histórica y reconciliación.

¿Es posible olvidar la Historia? ¿Es factible el «borrón y cuenta nueva»? ¿Quién osaría pedir, ni tan siquiera insinuar, a un pueblo que ha sido masacrado que olvide esa parte de su Historia? Cuántos países están ante la encrucijada de sentar las bases para una nueva convivencia. Quieren vivir en paz, pero han de construir sobre las cenizas de un pasado reciente aterrador. El deber de recordar constituye un imperativo fundamental, pero también la exigencia de no perpetuar los conflictos del pasado, ni transmitir resentimientos a las generaciones venideras. La memoria de las víctimas es el centro de la gravedad de la ética anamnética, pero la articulación de este recuerdo debe conducirnos a la génesis de una nueva historia, a una nueva era fundada en la reconciliación.

Nos damos cuenta que, con la misma fuerza que se nos presentan estos hechos, vemos también que los contemporáneos de hoy no tenemos ninguna culpa de los males acaecidos en la Historia, por la sencilla razón de que no existíamos. Además de no tener culpa de los males anteriores a nosotros, somos fruto de esa Historia. Y es esa Historia  -con sus gozos y sus sombras- ha posibilitado nuestra existencia, pues si la Historia hubiera sido distinta -mejor o peor-, se habrían producido otros encuentros, otros enlaces, hubieran nacido otras personas, pero nosotros no.

La Historia es maestra de vida, para que aprendamos a no repetir los hechos nefastos ocurridos y que hoy repudiamos. Hace falta saber filtrar todo aquello positivo y enriquecer este legado con nuestra actuación solidaria en el presente. Entendemos que es fecundo recordar y que es útil el esfuerzo de comunicar lo que sucedió a aquellos que acaban de irrumpir en la Historia. Creemos que el recuerdo de las víctimas no es nunca en vano, y que no es solamente una manera de hacerles justicia, sino de prevenir a las generaciones presentes y futuras del mal que puede sobrevenir. Esta aceptación dichosa de la Historia no implica, ni mucho menos, no reconocer que los males del pasado fueron realmente malos. Una cosa es la aceptación óntica [posibilidad de mi existencia] y otra, muy diferente, su aceptación ética. Es fundamental reconocer públicamente lo que ocurrió y que las instituciones que tuvieron especial protagonismo en aquellas atrocidades sean capaces de lamentarlo de una manera clara y diáfana, y no únicamente esto, sino que, además, velen por reparar los males que se derivaron de ellas.

La historia es determinante para comprender el presente y el presente condiciona el futuro. El pasado no pertenece a ninguna institución, pero la aproximación justa a lo ocurrido y el reconocimiento a las víctimas del pasado son procesos necesarios para la pacificación del mundo. ¿Es posible explicar la Historia objetivamente? ¿Se puede hablar de responsabilidad histórica? ¿Existe algún antídoto contra los resentimientos históricos? ¿Cómo hacer de la memoria histórica un instrumento de pacificación?